18/01/2020 -  La comunidad de Yryapu (ruido de agua), una pequeña aldea indígena de origen guaraní, se encuentra en las afueras de la ciudad de Puerto Iguazú, en la provincia de Misiones (Argentina), a tan solo unos kilómetros de la Triple Frontera compartida con Brasil y Paraguay. Esta zona del país sudamericano se caracteriza por las elevadas temperaturas, la humedad cansadora y un ecosistema selvático. Allí, en el extremo norte de la región del Litoral, unas 100 familias aborígenes construyeron sus chozas sobre la tierra rojiza, manteniendo su organización ancestral y los típicos rituales espirituales. Aquel lugar cuenta con una cancha de fútbol, una escuela bilingüe dependiente del Gobierno provincial y precarias viviendas de madera, algunas instaladas con cañas de bambú. Junto a los hogares, es común toparse con plantaciones de alimentos, que se consumen dentro de la comunidad. Y entre las casas, de un árbol a otro, las mujeres tienden la ropa que fue lavada en el río, para dejarla secar, mientras los niños corretean en los senderos. Por lo general, las parejas tienen más de cinco hijos, y el barullo infantil se escucha en todo momento. De fondo, también suena una ceremonia tradicional, que se oye en todos los rincones de Yryapu. Así, los vecinos originarios sonríen y reciben con amabilidad nuestra visita, aunque les da algo de vergüenza dialogar: la humildad brota en cada metro cuadrado, como la verde vegetación misionera. Sin embargo, una mujer nos invita a su choza montada con tablones de madera, y aunque no tiene mucho para dar, ofrece tereré —una habitual bebida con yerba y jugo o agua fría, ideal para el verano— junto a una porción de miel, que se produce de forma natural en el territorio, y se come succionando. "Me gustaría que mejoren las viviendas", se queja, pero pide mantener el anonimato en esta nota.
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